viernes, 21 de junio de 2013

La blandenguería disfrazada de tolerancia


Decía Albert Camus que “todas las desgracias del hombre provienen de no hablar claro”. Yo añadiría que las desgracias provienen de no hablar claro por falta de coraje. Desafortunadamente, ése es el mal de España: La blandenguería, … es una epidemia.

Albert Camus, que es un referente intelectual para cualquier rebelde, decía que “aquellos que carecen de coraje siempre encontrarán una filosofía que lo justifique”. La filosofía de los blanditos es la tolerancia. Y antes de adentrarme en el tema quiero aclarar que estoy totalmente de acuerdo con ser tolerante con grupos étnicos, religiosos o simplemente distintos. El problema viene cuando llevamos la tolerancia al extremo, es decir cuando estiramos las fronteras de la tolerancia y aceptamos comportamientos y actitudes que no deberían ser jamás consentidos. El ejemplo más flagrante es el comportamiento de la sociedad española con la banda terrorista ETA.

La banda terrorista ETA ha estado matando desde 1961 con la única intención de destruir España. De forma especial ha arremetido contra militares y guardias civiles sólo porque son símbolos de España. En vez de recibir la comprensión y empatía que recibirían en una sociedad normal, los muertos salían por las puertas traseras de las iglesias en Vascongadas para no ofender a los nacionalistas. Es decir que morían los defensores de España a manos de una banda de asesinos nacionalistas y sin embargo se ha tratado al nacionalismo como si fuera una ideología más. La mayoría de los españoles pensaban que había que ser tolerantes, se defendía al PNV a la vez que se condenaban los asesinatos, obviando el vínculo ideológico que los unía. Y eso a pesar de que un buen número de nacionalistas llegaron a celebrar con champán el asesinato de Melitón Manzanas o de Carrero Blanco.

El nacionalismo no es una ideología respetable. Es una ideología atroz, que justifica el asesinato si ayuda a conseguir los objetivos políticos. Es cierto que el PNV no estaba de acuerdo con los asesinatos de ETA, pero no se debe a cuestiones humanitarias. Ya que nunca mostraron la más mínima humanidad con las familias de las víctimas. Era una cuestion práctica, ya que consideraban que era más eficaz no usar armas de fuego para conseguir la independencia. Xabier Arzalluz llegó a afirmar que “No creemos que sea bueno para Euskal Herria que ETA sea derrotada”. Con eso quería decir que había que tratar a los asesinos como si sólo fueran personas equivocadas. Lo peor de todo es que muchas personas asentían incluso fuera de Vascongadas. …. La blandenguería disfrazada de tolerancia.

Otro de los ejemplos de esa blandenguería lo tenemos en el sistema educativo catalán que sigue sin garantizar la educación bilingüe a pesar de las repetidas sentencias de los altos tribunales. En un país como en EEUU se llenarían los buzones de correo electrónico de los diputados y senadores exigiéndoles que cumplan con su deber de defender a todos los españoles en sus derechos fundamentales, incluso si no son mayoría en la región en la que viven. Pero el español blandito prefiere ver la televisión y decir que ese es un problema de los catalanes, que hagan lo que quieran al fin de cuentas los partidos nacionalistas han sido elegidos democráticamente y por lo tanto hay que ser tolerantes con su intolerancia.

Esa blandenguería la plasmó el psiquiatra Enrique Rojas en su conocido libro “El hombre light”, donde nos describe al nuevo español, que carece de valores “un hombre infeliz e inseguro, vulnerable e indiferente por saturación, que ha hecho de la permisividad su nuevo código ético y que va desde la tolerancia ilimitada a la revolución sin finalidad”.

España se está pudriendo porque nadie quiere defenderla. Los catalanes que nos sentimos españoles llevamos décadas viendo cómo millones de hombres light votan a partidos políticos que pactan con los nacionalistas para quitarnos derechos y para destruir lo que nos une a todos: España. Por suerte todo el coraje que les falta a la mayoría de los españoles, lo tenemos nosotros y lucharemos porque estamos hechos de una pasta especial. Porque no somos blanditos ;-)

sábado, 1 de junio de 2013

Un debate trampa: nacionalismo catalán contra nacionalismo español (I)


 
 
Un equívoco malintencionado falsea muchos debates sobre el nacionalismo catalán: La ideología nacionalista da por sobreentendido que la defensa de la unidad de España es también una ideología nacionalista, y a esto se añade que quienes no son nacionalistas se han sometido a esa visión errónea de sí mismos. Los nacionalistas, adoctrinados en su ideología, no pueden entender otra forma de discusión intelectual que la que han aprendido y creen que todas las doctrinas que les critican copian la suya, limitándose a reflejar como si fuera un espejo la versión inversa de su misma sinrazón, y así creen que quienes atacan al nacionalismo catalán no pueden ser más que nacionalistas también, pero de una nación enemiga, en este caso la española.
Así vemos a diario como cualquier crítica al nacionalismo siempre es respondida de la misma manera: “¡Pero España no lo resuelve todo, el problema de Cataluña no está resuelto!” y lo más exasperante es que siempre el interpelado reconoce que es así y matiza su crítica al nacionalismo admitiendo la necesidad de enmendar o corregir a la nación española, buscando alguna solución (más autonomía, federalismo asimétrico, confederación ibérica…) que siempre supone el debilitamiento de España y la cesión al nacionalismo.
Y yo digo: ¡Pero quién ha dicho que España lo resuelve todo! Quienes defendemos la unidad (que no uniformidad) de España, al menos quienes la defendemos desde un punto de vista de las libertades individuales, en ningún momento estamos diciendo que España es la utopía que garantiza la resolución de todos los problemas, sólo estamos defendiendo que si analizamos la realidad en vez de los deseos el mantenimiento de la nación española es la mejor forma para el progreso de sus ciudadanos y entre ellos, por supuesto, los catalanes.
El problema radica en que quienes han sido adoctrinados por el nacionalismo defienden una ideología y su discurso está en el plano de los deseos. Según estos parámetros, los nacionalistas están luchando por crear una nación anhelada pero irreal: una nación catalana que se diferenciaría de la nación española en que sus súbditos serían eternamente felices, porque podrán hablar en exclusiva su lengua; podrán crear una sociedad en donde todos sus pobladores disfrutarán de sus ancestrales tradiciones, sin contaminación exterior,  y nadarán en la abundancia, gracias a que Madrid ya no les robará más, Cristóbal Colón sería catalán, y además, no lo olvidemos, se vivirían más años. En definitiva el nacionalismo catalán defiende una fantasía acorde con los sentimientos inculcados a sus seguidores, y a través de sus medios de adoctrinamiento ha impuesto a sus defensores una estructura discursiva muy rígida que hábilmente siempre lleva todos los debates al ámbito de los sueños y deseos y evita la realidad.
Muchos siguen soñando con que el comunismo, por ejemplo, nos lleve a una sociedad justa y de hombres libres e iguales, pero desgraciadamente sabemos que la realidad en los muchos países en los que ha triunfado no ha sido esa, si no la contraria. También muchos desean que un estado confesional nos lleve a una sociedad feliz y eterna, pero también ha habido muchos casos en la historia y los hay en la actualidad en los que se ha demostrado que la realidad es cruel y despiadada. Igualmente el nacionalismo vende un estado idílico y soñado, en donde los nacionales de ese país gozarían de una riqueza, longevidad y plenitud moral y espiritual que sería la envidia de sus vecinos, pero también en este caso la realidad nos ha dado multitud de ejemplos en donde los sueños fueron de hecho auténticas pesadillas. ¿Quién no va a estar de acuerdo en una Cataluña más rica y justa, más libre y próspera? La cuestión no es esa; la cuestión es que la experiencia nos ha mostrado que el nacionalismo no nos lleva a eso si no a lo contrario y que, por lo tanto, la vía no es esa.
Quienes somos antinacionalistas nunca hemos dicho que una nación dé la felicidad. En el caso concreto de España, lo que decimos es que defender la unidad de España es la fórmula que mejor garantiza el desarrollo y progreso de los ciudadanos españoles. No hacemos de la nación una ideología, simplemente defendemos que la política es útil sólo si es posible y que lo mejor para progresar es mantenernos unidos y aprovechar el talento de todos nuestros ciudadanos, sin trabas ni imposiciones de ningún tipo. La experiencia nos ha demostrado innumerables veces como el nacionalismo ideológico nos ha llevado a la pobreza, la corrupción, la guerra, el racismo y la segregación. Las sociedades libres e integradoras como las europeas y las norteamericanas en cambio son las que más han progresado en toda la historia de la humanidad y ahí es donde tiene que estar España.
Si analizamos los hechos en vez de las aspiraciones nos damos cuenta que el independentismo y el nacionalismo son un error y en el caso de España además una invención: tenemos una historia común, una geografía común, una lengua común que nos abre las puertas de muchos otros países del mundo, personas de diferentes regiones de España que viven en Cataluña que tienen hijos catalanes, empresarios catalanes que venden sus productos al resto de España, un sistema de previsión social, una defensa y seguridad garantizados por millones de españoles y muchos intereses comunes. El balance es claramente positivo.
El error es aceptar discutir en el plano del adoctrinamiento y la ideología, porque nadie puede discutir sobre los deseos y sueños de otros. Los nacionalistas en los debates contraponen sus sueños a los sueños que ellos piensan que tenemos los demás. Contraponen su Cataluña utópica a lo que piensan que defendería un nacionalista español, esto es, su España ideal, incompatible y por tanto enemiga de Cataluña. Y la gran mayoría de las veces caemos en esa trampa porque los nacionalistas no quieren desenvolverse en otro plano dialéctico que no sea el del ensueño. Pero los nacionalistas son ellos, no nosotros; son ellos quienes son ideológicamente nacionalistas, nosotros no: no defendemos una nación española idealizada porque simplemente es imposible, como tampoco es posible una nación catalana imaginaria. Nuestra vía es mucho más simple y lógica: observar y estudiar los países de mayor progreso, justicia, desarrollo y libertad, y la conclusión es que la solución no está en inventarse otra nación o en fundamentarlo todo en la nación, ese no es el problema, es suficiente con la nación que ya tenemos, la española. La solución está en confiar en el talento y en la libertad de los ciudadanos, en la regeneración política, moral e institucional y en el análisis de la realidad, en vez de la imposición ideológica.
 
Guillermo Brunet