sábado, 1 de junio de 2013

Un debate trampa: nacionalismo catalán contra nacionalismo español (I)


 
 
Un equívoco malintencionado falsea muchos debates sobre el nacionalismo catalán: La ideología nacionalista da por sobreentendido que la defensa de la unidad de España es también una ideología nacionalista, y a esto se añade que quienes no son nacionalistas se han sometido a esa visión errónea de sí mismos. Los nacionalistas, adoctrinados en su ideología, no pueden entender otra forma de discusión intelectual que la que han aprendido y creen que todas las doctrinas que les critican copian la suya, limitándose a reflejar como si fuera un espejo la versión inversa de su misma sinrazón, y así creen que quienes atacan al nacionalismo catalán no pueden ser más que nacionalistas también, pero de una nación enemiga, en este caso la española.
Así vemos a diario como cualquier crítica al nacionalismo siempre es respondida de la misma manera: “¡Pero España no lo resuelve todo, el problema de Cataluña no está resuelto!” y lo más exasperante es que siempre el interpelado reconoce que es así y matiza su crítica al nacionalismo admitiendo la necesidad de enmendar o corregir a la nación española, buscando alguna solución (más autonomía, federalismo asimétrico, confederación ibérica…) que siempre supone el debilitamiento de España y la cesión al nacionalismo.
Y yo digo: ¡Pero quién ha dicho que España lo resuelve todo! Quienes defendemos la unidad (que no uniformidad) de España, al menos quienes la defendemos desde un punto de vista de las libertades individuales, en ningún momento estamos diciendo que España es la utopía que garantiza la resolución de todos los problemas, sólo estamos defendiendo que si analizamos la realidad en vez de los deseos el mantenimiento de la nación española es la mejor forma para el progreso de sus ciudadanos y entre ellos, por supuesto, los catalanes.
El problema radica en que quienes han sido adoctrinados por el nacionalismo defienden una ideología y su discurso está en el plano de los deseos. Según estos parámetros, los nacionalistas están luchando por crear una nación anhelada pero irreal: una nación catalana que se diferenciaría de la nación española en que sus súbditos serían eternamente felices, porque podrán hablar en exclusiva su lengua; podrán crear una sociedad en donde todos sus pobladores disfrutarán de sus ancestrales tradiciones, sin contaminación exterior,  y nadarán en la abundancia, gracias a que Madrid ya no les robará más, Cristóbal Colón sería catalán, y además, no lo olvidemos, se vivirían más años. En definitiva el nacionalismo catalán defiende una fantasía acorde con los sentimientos inculcados a sus seguidores, y a través de sus medios de adoctrinamiento ha impuesto a sus defensores una estructura discursiva muy rígida que hábilmente siempre lleva todos los debates al ámbito de los sueños y deseos y evita la realidad.
Muchos siguen soñando con que el comunismo, por ejemplo, nos lleve a una sociedad justa y de hombres libres e iguales, pero desgraciadamente sabemos que la realidad en los muchos países en los que ha triunfado no ha sido esa, si no la contraria. También muchos desean que un estado confesional nos lleve a una sociedad feliz y eterna, pero también ha habido muchos casos en la historia y los hay en la actualidad en los que se ha demostrado que la realidad es cruel y despiadada. Igualmente el nacionalismo vende un estado idílico y soñado, en donde los nacionales de ese país gozarían de una riqueza, longevidad y plenitud moral y espiritual que sería la envidia de sus vecinos, pero también en este caso la realidad nos ha dado multitud de ejemplos en donde los sueños fueron de hecho auténticas pesadillas. ¿Quién no va a estar de acuerdo en una Cataluña más rica y justa, más libre y próspera? La cuestión no es esa; la cuestión es que la experiencia nos ha mostrado que el nacionalismo no nos lleva a eso si no a lo contrario y que, por lo tanto, la vía no es esa.
Quienes somos antinacionalistas nunca hemos dicho que una nación dé la felicidad. En el caso concreto de España, lo que decimos es que defender la unidad de España es la fórmula que mejor garantiza el desarrollo y progreso de los ciudadanos españoles. No hacemos de la nación una ideología, simplemente defendemos que la política es útil sólo si es posible y que lo mejor para progresar es mantenernos unidos y aprovechar el talento de todos nuestros ciudadanos, sin trabas ni imposiciones de ningún tipo. La experiencia nos ha demostrado innumerables veces como el nacionalismo ideológico nos ha llevado a la pobreza, la corrupción, la guerra, el racismo y la segregación. Las sociedades libres e integradoras como las europeas y las norteamericanas en cambio son las que más han progresado en toda la historia de la humanidad y ahí es donde tiene que estar España.
Si analizamos los hechos en vez de las aspiraciones nos damos cuenta que el independentismo y el nacionalismo son un error y en el caso de España además una invención: tenemos una historia común, una geografía común, una lengua común que nos abre las puertas de muchos otros países del mundo, personas de diferentes regiones de España que viven en Cataluña que tienen hijos catalanes, empresarios catalanes que venden sus productos al resto de España, un sistema de previsión social, una defensa y seguridad garantizados por millones de españoles y muchos intereses comunes. El balance es claramente positivo.
El error es aceptar discutir en el plano del adoctrinamiento y la ideología, porque nadie puede discutir sobre los deseos y sueños de otros. Los nacionalistas en los debates contraponen sus sueños a los sueños que ellos piensan que tenemos los demás. Contraponen su Cataluña utópica a lo que piensan que defendería un nacionalista español, esto es, su España ideal, incompatible y por tanto enemiga de Cataluña. Y la gran mayoría de las veces caemos en esa trampa porque los nacionalistas no quieren desenvolverse en otro plano dialéctico que no sea el del ensueño. Pero los nacionalistas son ellos, no nosotros; son ellos quienes son ideológicamente nacionalistas, nosotros no: no defendemos una nación española idealizada porque simplemente es imposible, como tampoco es posible una nación catalana imaginaria. Nuestra vía es mucho más simple y lógica: observar y estudiar los países de mayor progreso, justicia, desarrollo y libertad, y la conclusión es que la solución no está en inventarse otra nación o en fundamentarlo todo en la nación, ese no es el problema, es suficiente con la nación que ya tenemos, la española. La solución está en confiar en el talento y en la libertad de los ciudadanos, en la regeneración política, moral e institucional y en el análisis de la realidad, en vez de la imposición ideológica.
 
Guillermo Brunet
 
  

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