miércoles, 22 de mayo de 2013

La única cosa necesaria para que triunfe la independencia es que quienes no la quieren no hagan nada




 

Las últimas encuestas de opinión son prácticamente unánimes en una conclusión: los ciudadanos muestran su cansancio respecto al actual sistema de partidos, instituciones y autonomías y reclaman reformas profundas en la acción política que se pueden resumir en:
- Regeneración de la política, con cambios en la organización de los partidos, haciéndolos democráticos en su funcionamiento interno y permitiendo una mayor participación de afiliados y simpatizantes.
- Regeneración institucional que incluye tener un poder judicial independiente, acabar con la corrupción generalizada, simplificar las instituciones, suprimir organismos no rentables y cargos políticos costosos e inútiles, reorganizar competencias y redefinir el estado autonómico.
El sistema actual ha permitido que las instituciones y partidos funcionen como una enorme organización con la finalidad de perpetuar a una clase política; ya sea como gobierno o como oposición, ya sea en el gobierno central o en las comunidades autónomas. Este sistema se ha podido mantener gracias a que la tarta a repartir se iba haciendo cada año más grande, por lo que si bien el aparato del estado y especialmente las autonomías iban absorbiendo una gran cantidad de dinero, existían recursos suficientes para repartir entre todos, y así funcionaba el triste juego de la picaresca española tan magistralmente descrito en el pasaje del Lazarillo de Tormes en el que el Lazarillo callaba cuando el ciego se comía las uvas de tres en tres porque él se las estaba comiendo de dos en dos.  

En vez de reformas se ha optado por mantener el sistema actual o romperlo
Con la llegada de la crisis la tarta se ha hecho más pequeña, o el racimo tiene menos uvas, y la clase política ha querido seguir comiendo el mismo trozo de tarta y  las uvas de tres en tres, y como son ellos quienes parten y reparten han mantenido sus porciones reduciendo las de los contribuyentes. La reacción de los partidos políticos no ha sido la que mayoritariamente piden los ciudadanos: reformas y regeneración. Se han decidido o bien por dejar las cosas como están con la esperanza de que pasara la crisis pronto o bien por la ruptura revolucionaria izquierdista o la ruptura nacionalista. 
El modelo de la ruptura es al que se han unido los nacionalistas. El modelo tradicional ya no les es útil y se han decidido por romper con España y buscar el camino de la secesión, con la esperanza que si son ellos quienes cogen el cuchillo puedan quedarse con la tarta entera.
Hace un año escribí en este blog un artículo “El nacionalismo tiene prisa” en el que básicamente concluía que el nacionalismo se había decidido por la estrategia de la vía extremista de la secesión por dos razones:
1)     Su estrategia de tensar poco a poco la cuerda tiene un límite, las cuerdas no son infinitamente flexibles, al final se rompen, y se había llegado a ese punto. Ya no se podía avanzar más si no era rompiendo la cuerda y eso implicaba la secesión.

2)     Pero también porque en España los ciudadanos ya no estaban dispuestos a seguir financiando al nacionalismo, la crisis había reducido la tarta y no tenía sentido gastar en embajadas, siete televisiones, consejos comarcales o en la construcción nacional catalana, teniendo necesidades de mayor importancia. Esto provocaba que los nacionalistas tuvieran urgencia en separarse antes que los ciudadanos les redujesen su porción de la tarta.
 

Desánimo y urgencia entre los nacionalistas
Pero lo que ha ocurrido es que esa estrategia ha añadido una tercera dificultad que ha desencadenado un cambio muy importante en el ánimo del nacionalismo: los ciudadanos han empezado a enfrentarse al nacionalismo de manera clara, sin miedo y han empezado a esgrimir la lógica frente al pensamiento único que durante estos 30 años se había impuesto. El político liberal británico Edmund Burke decía que “la única cosa necesaria para que triunfe el mal es que la gente buena no haga nada”, y así es como ha ido avanzando el nacionalismo, los ciudadanos que tenían la razón y la lógica han permanecido callados mucho tiempo, y al final lo único que era necesario es que hablasen.
Como consecuencia de no callar, el ánimo del nacionalismo está flaqueando, ya no es tan fácil imponer, ya no está tan claro que la sociedad les va a seguir sin atreverse a decir nada porque esa sociedad les ha empezado a discutir su sinrazón y su falta de lógica. Ya no es tan fácil porque los ciudadanos ven la realidad española de Cataluña que el nacionalismo había logrado evitar hasta ahora, sólo hacía falta mostrarla, hacer algo,  y eso es una de las cosas que también es necesaria en una regeneración global de España y que puede ser una consecuencia positiva de esta crisis.

Guillermo Brunet
 

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