jueves, 31 de enero de 2013

Charnegos acomplejados que catalanizan su nombre de pila


Nuestro nombre de pila es lo más nuestro que tenemos. Nos identifica y nos distingue del resto de nuestros congéneres y lo llevamos con nosotros el resto de nuestras vidas. Nuestros padres lo saben y pasan meses decidiendo cómo nos llamarán. Lo habitual es que quieran que tenga sonoridad y prestancia.

No es lo mismo llamarse Sagrario que llamarse Libertad. Cuando escuchamos el nombre de Sagrario nos imaginamos a una señora de más de 50 años, que reside en un pueblo y viene de una familia muy religiosa. Mientras que Libertad probablemente sea una chica joven un poco hippy o progre. No tiene por qué ser así, pero los humanos no podemos evitar las etiquetas.

Hay personas que viven atrapadas en un nombre que no les corresponde y por eso deciden cambiárselo. Por ejemplo mi padre. Mi abuela le puso Graciano que era como se llamaba mi bisabuelo, el padre de mi abuela. Un homenaje que se convirtió en un suplicio ya que a mi padre no le gustaba nada.

Antiguamente el registro de nombres estaba ligado a los sacramentos de la Iglesia y se podían poner o cambiar en el bautismo o la confirmación. Por eso cuando mi padre cumplió catorce años y le llegó el momento de hacer la confirmación, le pidió al obispo que le cambiase el nombre a Jorge. Mi padre creyó que ya estaba todo hecho, pero estaba equivocado. Cambiarse el nombre no es tan sencillo.

Es difícil conseguir que tu gente empiece a llamarte de una forma distinta. Mi abuela había escogido el nombre de Graciano porque le gustaba y no entendía por qué tenía que llamar a su hijo de forma distinta. De la misma manera mis tíos y los amigos del colegio no entendían por qué tenían que hacer un esfuerzo para llamar a mi padre Jorge. Mi padre desistió porque se dio cuenta de que si quería que le llamasen de forma diferente tendría que explicar el motivo. Y la única explicación era que se sentía acomplejado por su nombre, cosa que no es fácil de reconocer. Con el tiempo mi padre terminó superando sus complejos de adolescente y aceptando de buen grado el nombre que mi abuela había elegido para él: Graciano.

Cambiarse el nombre es una tarea árdua. Lo sé porque yo me cambié el mío y me costó muchísimo. A mis padres les encantaba el nombre de José y así me llamaron. Nunca tuvieron la intención de llamarme Pepe.

Cuando tenía doce años me tocó un profesor graciosete. Le gustaba ridiculizar a sus alumnos para provocar las risitas de los compañeros de clase. Un día que hice algo inadecuado me llamó la atención y dijo: “¿Quieres callarte de una vez, Pepe?”. Ese comentario provocó la carcajada general en la clase. Pepe era un insulto porque era un nombre muy español. En aquella época en Cataluña cualquier asociación con España se consideraba insultante ya que el nacionalismo de forma sibilina identificaba a España con las recientes olas migratorias que habían llegado a Barcelona en busca de una vida mejor. Mucha de esa gente era analfabeta y venía huyendo del hambre. Por eso cuando el graciosete profesor me llamó Pepe, en realidad me estaba llamando español y por defecto me llamaba muerto de hambre y analfabeto. Ese día me juré que me cambiaría el nombre a Pepe. No pude soportar que se utilizase la españolidad como insulto.

Pensé que era absurdo pedirle a mi gente que empezase a llamarme Pepe, así que establecí un plan que consitía en dejar que todos los que ya me conocían me llamasen José, sin embargo me daría a conocer a toda persona nueva como Pepe. Recuerdo que en varias ocasiones llamaron por teléfono a casa preguntando por mí y mis hermanos contestaban “en esta casa no vive ningún Pepe”. Mi familia tardó veinte años en llamarme Pepe. Cambiarse el nombre es mucho más complicado de lo que la gente se piensa.

El nacionalismo catalán está obsesionado con la nomenclatura, es decir la forma como llamamos a las cosas. No sólo quieren que digamos Girona aunque hablemos en español, sino que también quieren que todas las personas que residen en Cataluña se catalanicen el nombre. En muchas ocasiones me han preguntado que por qué no me cambio el nombre a Josep o Pep. La presión es constante.

Por desgracia, hay demasiada gente con una personalidad débil que acepta la presión sin poner ninguna resistencia. Por ejemplo mi compañero de colegio Luis Ferreiro. Se fue a vivir un tiempo a Gerona y allí le animaron a que se cambiase el nombre a Lluís. Como he explicado, ese proceso es muy engorroso, sin embargo Luis pensó que si se sometía a esa exigencia podría ascender más rápido en su empresa. Ahora lo han ascendido y está viviendo en Barcelona. Actitudes como la de mi amigo son comunes en Cataluña. Suele ser gente mediocre y pusilánime que se cambia el nombre para conseguir un ascenso o para sentirse más integrados. No se dan cuenta de que ese cambio de nombre representa un arribismo asqueroso y repugnante.

Cada vez que veo a una persona que se ha catalanizado el nombre pienso que es un trepas, un acomplejado y un cobarde. Si conocéis a alguno os invito a que le preguntéis ¿Por qué te has cambiado el nombre? ¿Te acomplejas de tu españolidad o es que lo necesitabas para trepar en tu empresa? Yo se lo pregunté a mi compañero de clase Luis. Le sentó fatal ... pero yo me quedé muy a gusto.

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