sábado, 7 de julio de 2012

Corrupción, nacionalismo e impunidad

En Mayo de 1986 los fiscales del caso Banca Catalana pidieron el procesamiento de Jordi Pujol por presuntos delitos de apropiación indebida, falsedad en documento público y mercantil y maquinación para alterar el precio de las cosas. Los fiscales también sostenían que Pujol y el resto de consejeros habían repartido 516 millones de pesetas en dividendos entre 1974 y 1976, cuando el banco ya tenía importantes pérdidas.

El asunto ya había salido en los periódicos, y de hecho una masa enfurecida de nacionalistas catalanes se había manifestado el día de su investidura en 1984 para mostrarle su apoyo. La muchedumbre enloquecida por ese odio tan propio del nacionalismo sitió el Parlamento de Cataluña e increpó a los diputados socialistas con los gritos de "¡Matadlos! ¡Matadlos!".

Poco tiempo después del procesamiento de Jordi Pujol, el Tribunal Supremo decidió lavarse las manos y pasó el asunto a la Audiencia de Barcelona que absolvió inmediatamente al entonces presidente de la Generalidad.

Desde mi punto de vista este episodio negro de la historia de Cataluña refleja a las claras los aspectos más destacados del nacionalismo desde el advenimiento de la democracia: Corrupción, ensañamiento de las masas e impunidad.

Desde entonces la casta política catalana ha tenido muy claro que las leyes sólo hay que cumplirlas si van en la dirección de la construcción nacional. Por ejemplo el señor Artur Mas ha dicho públicamente que no piensa cumplir las sentencias del TS y TC que obligan a la Generalidad a garantizar una educación bilingüe. Él sabe que si algún fiscal decide imputarlo en alguna causa, lo único que tiene que hacer es encender la mecha del odio en la plebe nacionalista y decir que están atacando a Cataluña, como hizo en su día Jordi Pujol. La chusma nacionalista es irracional hasta el punto de tener inclinaciones suicidas. Esa paranoia colectiva es propia de las ideologías que afirman que hay una entidad superior al individuo. El fanatismo autodestructivo del nacionalismo nos recuerda a la actitud de algunos palestinos que incitan a sus hijos a tirar piedras contra los tanques israelitas.

Es suicida tener un sistema educativo que no incluye el español como lengua vehicular, ya que deja en clara desventaja a los jóvenes catalanes que quieren trabajar en empresas españolas. Es suicida seguir inyectando millones de euros en cuestiones identitarias(6 millones en medios de comunicación, 4 millones en consejos comarcales, 1.4 millones en casas regionales). Es suicida no rebelarse ante la asquerosa corrupción del caso Banca Catalana, ya que la corrupción siempre es un robo que las clases dirigentes hacen al resto de la población. Pero los nacionalistas piensan que si el que roba es uno de los nuestros, no pasa nada porque a fin de cuentas hay más dinero que se puede dedicar a la construcción nacional.

El virus nacionalista ha contaminado a la mayor parte de la sociedad catalana y por lo tanto es previsible que estas actitudes suicidas continúen en el tiempo hasta que el fanatismo nacionalista acabe destrozando la que en su día fue la zona de España más próspera.

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