lunes, 19 de diciembre de 2011

Amaiur no es lo mismo

Por Guillermo Brunet

Esta mañana la mesa del Parlamento Español ha resuelto rechazar el recurso de Amaiur y, con el permiso del Tribunal Constitucional, definitivamente los representantes del nacionalismo violento no tendrán grupo parlamentario propio. Se ha dicho de los diputados de Amaiur que serían tratados igual que cualquier otro diputado, por lo que si no cumplen con los requisitos del reglamento de la cámara no obtendrían grupo parlamentario propio. ¡Pero es que ellos no son lo mismo que cualquier otro grupo político!

Los argumentos de carácter técnico son claros: no tienen el 15% de votos necesarios en las comunidades autónomas en las que se presentan (los votos de Navarra no fueron suficientes). La ley electoral y el reglamento del Congreso favorece mucho a los nacionalistas por lo que ya no se puede pedir más generosidad que la que la propia ley les da. Pero aunque está claro que legalmente no se dan los requisitos, lo más importante es que los diputados de Amaiur no son iguales al resto de diputados y por lo tanto no se les debe tratar igual que al resto. No es verdad que sean iguales, son totalmente diferentes, son exactamente lo contrario a un diputado que defienda la libertad y la democracia.

Yo entiendo que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, y esto está garantizado por nuestro estado de derecho, pero cuando un ciudadano adquiere la condición de diputado se diferencia del resto porque adquiere unos privilegios (inmunidad) y pasa a ser pagado con nuestro dinero. Esos privilegios y esas retribuciones se las damos para que puedan ejercer con libertad y sin coacciones la defensa de sus ideas, no para que ataquen la libertad de quienes no piensan como ellos ni tampoco para que apoyen a quienes delinquen, coaccionan y amenazan. Les damos privilegios para que defiendan los valores de la democracia, no para que los destruyan.

Así pues los diputados deben tener como obligación promover la libertad, la justicia, y todo el conjunto de valores que garanticen la democracia y la pluralidad, entre ellos el cumplimiento de la ley. ¿Cómo es posible que ni siquiera nos planteemos entregarles privilegios y recursos económicos a quienes promocionan lo contrario? ¿Se les hubiera tratado como iguales si en vez de defender la violencia para imponer su ideología nacionalista la hubieran defendido para imponer una ideología racista, sexista o en contra de una ideología política? Está claro que no, no se debe permitir darle facilidades (y menos privilegios) a quienes apoyan el delito para conseguir sus fines. ¿Por qué en cambio hay que permitirlo cuando eso se hace en nombre del nacionalismo? Parece que en este país ser nacionalista te da patente de corso para hacer lo que para cualquier ciudadano estaría totalmente censurado.

Amaiur no defiende ninguno de nuestros valores, no solo eso, sino que los ataca, los detesta y pretende imponernos los suyos por medio de la violencia más extrema, extorsionando, matando, amenazando. Estas son razones suficientes para su ilegalización, pero mientras estén en el parlamento, concederles formar grupo parlamentario supondría darles recursos adicionales para promocionar sus fines y sus valores. Nuestro dinero no es para eso. Esta es la razón principal, los demócratas debemos promocionar el respeto y la tolerancia; quien no está con nosotros se debe quedar fuera del juego y esto deberían tenerlo claro nuestros políticos que acomplejados o coaccionados siguen tratando como iguales a quienes son nuestros enemigos.

domingo, 18 de diciembre de 2011

La "Kale Borroka" catalana

El programa "Objetivo" de Telemadrid, ha emitido el documental "Cataluña, violencia callejera" en el que se informa sobre la violencia en Cataluña, protagonizada fundamentalmente por grupos nacionalistas. Una vez más queda patente la intrínseca relación entre nacionalismo y violencia, cosa que no debería sorprender a nadie, ya que el nacionalismo se fundamenta en el odio y éste genera violencia.


miércoles, 14 de diciembre de 2011

Jurar, prometer y no comprometerse

Por Guillermo Brunet


Esta semana se constituyeron las nuevas cortes y en el momento en que los diputados juraron sus cargos pudimos una vez más ver como la nefasta influencia del nacionalismo avanza en todos los niveles e instituciones de España. Desde que hace ya unos años los diputados de Herri Batasuna introdujeran en el Parlamento de España la fórmula “prometo por imperativo legal” cada vez son más diputados y de más partidos quienes también la utilizan, y aprovechando la permisividad de todo el resto de diputados, otros diputados (y no sólo nacionalistas) se permiten licencias y fórmulas que cada vez se alejan más del significado del acto de juramento.

Pero quizás quienes abrieron el grifo fueron antes quienes por falsos prejuicios religiosos permitieron que la fórmula del juramento se devaluara a la de la promesa.

La definición es clara: según la Real Academia, jurar es someterse solemnemente y con igual juramento a los preceptos constitucionales de un país, graves deberes de determinados cargos, etc. Prometer en cambio sólo es obligarse a hacer, decir o dar algo, esperar algo o mostrar gran confianza de lograrlo.

Por lo tanto jurar, no tiene ningún sentido religioso (a no ser que se haga ante Dios), pero sí que otorga solemnidad ante los graves deberes que se asumen delante de España y de sus ciudadanos. Prometer en cambio devalúa el juramento, demuestra buena voluntad pero reduce la responsabilidad al limitarla a mostrar confianza en que se cumplirá con el deber. Yo, como ciudadano, quiero que mis representantes juren, se comprometan ante mi país, ante mí y ante todos los españoles, en que van a cumplir con sus graves obligaciones. Su cargo es muy importante, y no pueden limitarse a solo prometerme que cumplirán.

Pero lo más grave es lo que los nacionalistas siguen haciendo en el Parlamento al prometer sólo “por imperativo legal”. Con esta fórmula pretenden autoexcluirse de la responsabilidad para la que han sido elegidos. Quieren dar a entender que la Constitución no es la suya, que España no es su país. Pero ¿es que el resto de los diputados están totalmente de acuerdo con la Constitución? Pues claro que no, pero sí que juran cumplirla, y como consecuencia, si creen que hay que cambiarla utilizar las reglas establecidas para ello. Los nacionalistas se guardan la carta de la sedición, siempre pueden argumentar que ellos nunca juraron la constitución ya que sólo lo hicieron por obligación, así que tienen las manos libres sin haber sido desleales, para conseguir sus objetivos mediante la violencia (Amaiur), o de conseguirlos incumpliendo la legalidad (PNV, CiU).

¿Por qué permitimos esto? En Alemania un partido Nazi no se puede presentar en unas elecciones porque no está dispuesto a cumplir la legalidad. ¿Por qué en España tenemos que permitir que quien no está dispuesto a cumplir con la ley pueda ejercer un cargo público? ¿Por qué se lo permitimos a los nacionalistas? Eso no es democracia, la democracia solo sobrevivirá si todos cumplimos las reglas, y se cumplen las voluntades de las mayorías respetando a las minorías.

No podemos obligar a nadie a que jure si no quiere, pero todos aquellos diputados que tengan reservas en el ejercicio de su cargo, y no quieran comprometerse al 100% deberían tener un estatus diferente, en el que no recibieran ninguna retribución. Si ellos no cumplen con su parte no tenemos obligación de pagarles, su responsabilidad es grave, no debe haber dinero para los que no se comprometen solemnemente ante los ciudadanos a cumplirla.

martes, 13 de diciembre de 2011

Comunidades Imaginadas

Benedict Anderson es el estudioso del nacionalismo más prestigioso en las universidades anglosajonas. Él fue el que puso una definición definitiva al concepto de nación y por lo tanto al nacionalismo. Hoy su definición es universalmente aceptada. En su libro Comunidades Imaginadas, habla del surgimiento del concepto de Nación, y de sus diversas acepciones.

El autor define la Nación como una Comunidad Imaginada. Es una comunidad imaginada, porque aunque los miembros de la comunidad no se conocen entre sí, se sienten unidos y miembros de una misma comunidad que los nuclea (su nacionalidad), y es imaginada en tanto que los miembros jamás conocerán a todos los integrantes de la nación. Este es el concepto fundamental del libro.

El autor describe principalmente el surgimiento de la idea de Nación en la formación política de los Estados Unidos, es decir como sociedad moderna. Y estas nociones pueden ser aplicadas para cualquier análsis teórico del surgimiento de la idea de nación en cualquier sociedad occidental moderna.

Es un libro muy completo y ameno, interesante para los estudiosos de la sociedad y de la historia. Es altamente recomendable para quienes estén estudiando el período de formación del "Estado-Nación" moderno.

No puedo evitar incluir aquí una cita de la introducción del libro:

Los teóricos del nacionalismo se han sentido a menudo desconcertados, por no decir irritados ante estas tres paradojas:
  1. La modernidad objetiva de las naciones a la vista del historiador, frente a su antigüedad subjetiva a la vista de los nacionalistas.
  2. La universalidad formal de la nacionalidad como un concepto sociocultural -en el mundo moderno, todos tienen y deben "tener" una nacionalidad, así como tienen un sexo-, frente a la particularidad irremediable de sus manifestaciones concretas, de modo que, por definición, la nacionalidad "griega"es sui géneris.
  3. El poder "político"de los nacionalismos, frente a su pobreza y aun incoherencia filosófica. En otras palabras, al revés de lo que ocurre con la mayoría de los "ismos", el nacionalismo no ha producido jamás sus propios grandes pensadores: no hay por él un Hobbes, ni un Tocqueville, ni un Marx o un Weber.

 

 

Incluyo a continuación una conferencia del autor, Benedict Anderson, la conferencia es en inglés.



 

 

 

martes, 6 de diciembre de 2011

Entrevista a Teresa Jiménez Becerril, víctima de ETA

Alberto Jiménez Becerril, hermano de Teresa, fue asesinado por un terrorista pistolero de ETA junto con su esposa Ascensión García Ortiz, en una calle estrecha del casco histórico de Sevilla cuando regresaban a su domicilio en torno a la una de la madrugada. En el momento de su muerte tenía 37 años de edad y dejaron tres niños huérfanos de cuatro, cinco y nueve años.