sábado, 29 de enero de 2011

NACIÓN, AZAR Y DESTINO

Extraordinario artículo de Alejo Vidal-Quadras publicado en la Revista Chesterton, 8.11.07. Realmente merece la pena:

En el debate sobre el nacionalismo identitario, es frecuente que los opuestos a los particularismos esencialistas realicen un gran esfuerzo de investigación histórica para poner de manifiesto las muchas falsedades e invenciones que los fabricantes de naciones utilizan con el fin de dibujar un pasado a la medida de sus actuales intereses estratégicos. Algunos trabajos en este campo han sido realmente notables, como Otra Historia de Cataluña de Marcelo Capdeferro, Adiós, España de Jesús Laínz o El bucle melancólico de Jon Juaristi. En este terreno, la capacidad imaginativa y la falta de escrúpulos intelectuales de los nacionalistas no tienen límites y en no pocas ocasiones entran sin remisión en el ridículo. Así, por ejemplo, cuando Enric Prat de la Riba, el padre y primer teorizador sistemático del nacionalismo catalán, en su obra La Nacionalitat Catalana, pretende que Cataluña ya existía como nación en tiempos del Imperio Romano y que se hallaba oprimida por aquél, y que al desmoronarse el poder de los Césares “salieron a la luz de la historia los viejos pueblos soterrados, cada uno hablando su lengua, y la vieja etnos ibérica, la primera, hizo resonar los acentos de la lengua catalana desde Murcia a la Provenza, desde el Mediterráneo hasta el mar de Aquitania...”, alcanza auténticas cimas del despropósito. Lo mismo se puede afirmar de los delirios de Sabino Arana sobre la desnaturalización del verdadero espíritu vasco al aparecer la institución del Señorío, que unió hace mil años Vasconia a Castilla con un vínculo tan fuerte que, de hecho, los vascos jugaron a partir de entonces un papel protagonista en todas las grandes empresas castellanas y en la administración de los dominios de la corona española. Su afirmación de que lo auténticamente vasco cristalizó en las legendarias pequeñas repúblicas democráticas, libres e independientes, que, según sus oníricos desvaríos, se constituyeron en los valles euskèricos desde tiempos inmemoriales hasta que la perversa influencia foránea las hizo desaparecer, es otra muestra de cómo el imaginario nacionalista se proyecta retroactivamente en sus ensoñaciones gratuitas. Y qué decir de las fábulas de Fichte sobre los antiguos germanos y su heroica resistencia antirromana, que en su visión de la nación alemana eterna y excelsa entroncaban directamente con los alemanes de mediados del siglo XIX, hablantes de la misma lengua pura y primordial y portadores inconscientes de los mismos valores y virtudes, sencillez, valor, austeridad y comunión con la naturaleza, esquema moral perdido bajo el influjo maligno de lo francés, fuente de todos los males y de todos los amaneramientos femeniles, incompatibles con la reciedumbre primigenia de los fornidos pobladores del lado oriental del Rin.

Ahora bien, tal como ha señalado muy acertadamente Alfredo Cruz en su análisis del nacionalismo como ideología, la crítica a la doctrina nacionalista realizada a partir de la carencia de fundamento y de la inconsistencia de sus mitos y leyendas encierra el peligro de transformarse en la defensa de un nacionalismo de otra clase, además de no dañar las bases de la interpretación nacionalista de la Historia y de la sociedad. La principal debilidad del nacionalismo no estriba en que su relato sobre los acontecimientos pretéritos sea objetiva y demostradamente falso porque la reivindicación de la verdad sobre lo sucedido siglos atrás, aunque contribuye a desenmascarar sus mentiras, deja incólume el núcleo de su montaje argumental, a saber, la existencia de una identidad colectiva permanente en el tiempo erigida en nivel supremo de la escala axiológica, al que todos los demás valores y derechos se han de supeditar. El ataque definitivo al nacionalismo de corte etnicista ha de denunciar su trampa más artera e ilegítima, que consiste en proyectar el presente sobre el pasado en aras a asegurar su triunfo político futuro. Ese es el atentado contra la lógica que los nacionalistas perpetran descaradamente y que hay que rechazar con la contundencia necesaria para neutralizar sus efectos engañosos. La trampa está hábilmente armada y no es extraño que tantas gentes de buena fe hayan caído y caigan cada día en ella.

Si la nación es una entidad que atraviesa el tiempo incólume y que a partir de sus etapas fundacionales ya no experimenta transformación alguna, sus rasgos definitorios, lengua, raza, religión, cultura, paisaje, adquieren un papel instrumental y secundario. Devienen emanaciones del espíritu nacional, del alma insondable del pueblo, de una fuerza telúrica y misteriosa que es la que crea las leyes, el idioma, los símbolos y los hábitos de vida. Se produce así una inversión en la génesis de la identidad nacional por la cual no son los caracteres tangibles de un determinado colectivo humano los que dibujan el perfil de la nación, sino que es la propia nación, esencia inmaterial, sagrada y arcana, la que crea con su estro inspirador estas características observables e implacablemente diferenciales.

Obviamente, la fecha que señala el alumbramiento de la nación es elegida arbitrariamente por los arquitectos de su supuesta realidad, que a la hora de disparar el pistoletazo de salida de su camino radiante hacia el porvenir lo hacen desde la perspectiva de sus circunstancias, objetivos y planteamientos de hoy, con lo que el pasado es recreado por el presente y se instala el reino del absurdo. En efecto, si la nación fue gestada mediante un cierto proceso histórico de duración mesurable, ¿quién y con qué motivos decreta que todos los acontecimientos siguientes no aportan nada al ser nacional, que ha quedado completamente configurado y ya no admite nuevos componentes? La política adquiere de esta forma tintes metafísicos y la historia se petrifica en un determinismo asfixiante.

Benedict Anderson, en su celebrada obra Comunidades imaginadas: reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, expresa esta maniobra de prestidigitación que extrae el pasado de la chistera del presente con una frase magistral: “La magia del nacionalismo convierte el azar en destino”. En manos de los nacionalistas la trayectoria de las colectividades humanas no admite bifurcaciones ni alternativas, en cada coyuntura histórica las opciones desaparecen y sólo hay un único desenlace posible, el que los ideólogos de la identidad han postulado con carácter retroactivo encaramados a su atalaya desde la que se construye el futuro y se reconstruye el pasado. El nacionalismo, doctrina totalitaria y laminadora de las libertades civiles y políticas, sacrifica a placer derechos individuales en el ara de la abstracción tribal, pero su máximo refinamiento en su tarea uniformizadora de lo diverso y aniquiladora del pluralismo, lo alcanza en su lectura a posteriori de la memoria depositada en archivos, crónicas y monumentos, violentándola y retorciéndola hasta que cuente las trolas que fuercen a la realidad actual a evolucionar en la dirección que conviene a sus fines. La Historia, maestra de la vida, se momifica en biografía de una nación insoslayable y antropomórfica, en descripción lineal y dogmática de los avatares de un ente exigente y caprichoso en continua confrontación con enemigos inextinguibles, que engulle voraz a las personas,arrebatándoles su espontaneidad, su dignidad y su albedrío.

1 comentario:

  1. Pujol és l'artífex d'aquesta pluja fina que ha anat sembrant l'odi i la desafecció amb la resta d'espanyols. No sé si va ser quan va estar a Alemanya quan es va inocular el nacionalisme, aquest potent verí que fa que un fill denunciï el seu pare a la Gestapo, com passava a Alemanya, o fa que davant el crim, es miri a una altra banda, com en el País Basc. El 90% de catalans han nascut o tenen un pare, avi o avantpassat nascut en una altra regió espanyola. No obstant això als fills se'ls ha ensenyat a odiar i menysprear als seus parents de fora de Catalunya. A Sòria, Jaén, Lugo, Càceres, Conca, Terol, i un llarg etc. tots són nascuts en aquestes províncies o en les seves regions, però senten afinitat pels de Canaris, Aragonesos o Catalans. Això que hi ha diferència entre un de Terol i un canari. Dons els catalans som més espanyols que els d'aquests llocs. Si hi ha molts que senten animadversió cap a altres regions, és perquè els han enverinat l'ànima. El nacionalisme nos promet una Dinamarca, però nos esta conduïen a un Kosovo.

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