Las últimas encuestas de opinión
son prácticamente unánimes en una conclusión: los ciudadanos muestran su
cansancio respecto al actual sistema de partidos, instituciones y autonomías y
reclaman reformas profundas en la acción política que se pueden resumir en:
- Regeneración de la política, con cambios en la organización de los
partidos, haciéndolos democráticos en su funcionamiento interno y permitiendo una mayor participación de afiliados y simpatizantes.
- Regeneración institucional que incluye tener un poder judicial independiente, acabar con la corrupción
generalizada,
simplificar las instituciones, suprimir organismos no
rentables y cargos políticos costosos e inútiles, reorganizar
competencias y redefinir el estado autonómico.
El sistema actual ha permitido
que las instituciones y partidos funcionen como una enorme organización con
la finalidad de perpetuar a una clase política; ya sea como gobierno o como oposición,
ya sea en el gobierno central o en las comunidades autónomas. Este sistema se
ha podido mantener gracias a que la tarta a repartir se iba haciendo cada año
más grande, por lo que si bien el aparato del estado y especialmente las
autonomías iban absorbiendo una gran cantidad de dinero, existían recursos
suficientes para repartir entre todos, y así funcionaba el triste juego de la
picaresca española tan magistralmente descrito en el pasaje del Lazarillo de
Tormes en el que el Lazarillo callaba cuando el ciego se comía las uvas de tres
en tres porque él se las estaba comiendo de dos en dos.
En vez de reformas se ha optado por mantener el sistema actual o romperlo
Con la llegada de la crisis
la tarta se ha hecho más pequeña, o el racimo tiene menos uvas, y la clase
política ha querido seguir comiendo el mismo trozo de tarta y las uvas
de tres en tres, y como son ellos quienes parten y reparten han mantenido sus
porciones reduciendo las de los contribuyentes. La reacción de
los partidos políticos no ha sido la que mayoritariamente piden los ciudadanos: reformas y regeneración. Se han decidido o bien por dejar las cosas como están con la esperanza de que pasara la crisis pronto o bien por la ruptura revolucionaria izquierdista o la ruptura nacionalista.
El modelo de la ruptura es al que se han unido los nacionalistas. El modelo tradicional ya no les es útil y se han
decidido por romper con España y buscar el camino de la secesión, con la
esperanza que si son ellos quienes cogen el cuchillo puedan quedarse con la tarta entera.
Hace un año escribí en este blog
un artículo “El nacionalismo tiene prisa” en el que básicamente concluía que el
nacionalismo se había decidido por la estrategia de la vía extremista de la
secesión por dos razones:
1) Su
estrategia de tensar poco a poco la cuerda tiene un límite, las cuerdas no son
infinitamente flexibles, al final se rompen, y se había llegado a ese punto. Ya
no se podía avanzar más si no era rompiendo la cuerda y eso implicaba la
secesión.
2) Pero
también porque en España los ciudadanos ya no estaban dispuestos a seguir
financiando al nacionalismo, la crisis había reducido la tarta y no tenía
sentido gastar en embajadas, siete televisiones, consejos comarcales o
en la construcción nacional catalana, teniendo necesidades de mayor importancia. Esto
provocaba que los nacionalistas tuvieran urgencia en separarse antes que los
ciudadanos les redujesen su porción de la tarta.
Desánimo y urgencia entre los nacionalistas
Pero lo que ha ocurrido es que esa estrategia ha añadido una tercera dificultad que ha desencadenado un
cambio muy importante en el ánimo del nacionalismo: los ciudadanos han empezado
a enfrentarse al nacionalismo de manera clara, sin miedo y han empezado a
esgrimir la lógica frente al pensamiento único que durante estos 30 años se había impuesto. El político liberal británico Edmund Burke decía que “la
única cosa necesaria para que triunfe el mal es que la gente buena no haga nada”,
y así es como ha ido avanzando el nacionalismo, los ciudadanos que tenían la
razón y la lógica han permanecido callados mucho tiempo, y al final lo único
que era necesario es que hablasen.
Como consecuencia de no callar, el
ánimo del nacionalismo está flaqueando, ya no es tan fácil imponer, ya no está
tan claro que la sociedad les va a seguir sin atreverse a decir nada porque esa
sociedad les ha empezado a discutir su sinrazón y su falta de lógica. Ya no es tan fácil porque los ciudadanos ven la realidad española de Cataluña que
el nacionalismo había logrado evitar hasta ahora, sólo hacía falta mostrarla,
hacer algo, y eso es una de las cosas
que también es necesaria en una regeneración global de España y que puede ser una consecuencia positiva de esta crisis.
Guillermo Brunet
La única cosa necesaria para que triunfe el mal es que la gente buena no haga nada.
— Guillermo Brunet (@GuillermoBrunet) 18 de mayo de 2013






